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Espárragos, caracoles, tagarninas de la sierra, cantaba Carlos Cano en Las Coplas de Emilio El Moro, como si fuera uno de esos pregones de los que se buscan la vida en los cruces de caminos, sobreviviendo a todas las crisis, como siempre supo hacerlo Andalucía, echándole imaginación y echándole memoria, pero también echándole alegría al cuerpo.
Hoy, cuando a diario intentan amargarnos la vida y dar marcha atrás al reloj de la historia, tenemos, como los vendedores de tagarninas de cada encrucijada, que reivindicar la alegría o reinventarla, que ponernos a vender por las esquinas lo que haga falta antes de quedarnos vendidos para siempre y que los mercados nos compren los sueños por cuatro perras gordas.
Yo fui un niño que comía tagarninas aunque ya no fuera posguerra. Como muchos de vosotros, habéis seguido haciéndolo, porque la tagarnina no sólo era el caviar de los pobres sino un símbolo de libertad: nace en el campo, sin bridas ni mordazas, como los jaramagos y el lentisco, sobrevive a la sequía y a las lluvias torrenciales, alimenta los hogares humildes y empapa de recuerdos las casas donde hace mucho ya no se pasa hambre.
En cierta forma, la tagarnina se parece al carnaval. No resulta frecuente cultivarlas, sino que crecen a su aire cada año y no todo el mundo las consume. Tampoco al carnaval le va mucho crecer en las macetas y hay gente que se resiste a probar el regusto de sus coplas, a devorar sus pasodobles, sus cuplés, sus tangos, sus popurrits o sus parodias. Pero para quienes quieran probar su sabor cotidiano, ahí están sus hojas y sus cancioneros, su indumentaria verde y sus tipos de colores, su sabiduría nuestra de cada febrero, su música al viento, su alimento de siglos para quien tenga hambre de verdad o hambre de memoria.
Hoy, cuando la política es carnaval, cuando la banca y la religión también lo parecen, cuando las ideas se disfrazan de palabrerías y cuando la gente acostumbra a usar máscaras en vez de dar la cara, la única verdad es la de esta fiesta, pagana o cristiana, pero siempre libre, sin orden ni concierto, sin reglamentos ni ordenanzas, sin otra vestimenta que la de una sonrisa.
Las coplas del carnaval de Cádiz siempre olieron a puchero y a pescado frito, a adobo y a ostiones, a erizos y a robalo, pero le faltaban tagarninas. Nosotros, los barreños, que vivimos a mitad de camino entre el campo abierto y la bahía, le aportamos desde hace mucho al carnaval olor a tierra mojada y a viejas raíces. Esta fiesta viene de antiguo pero estuvo mucho tiempo secuestrada, como secuestrada estuvo la libertad toda. Y aquí en Los Barrios, conviene recordarlo de tarde en tarde, se fraguaron conspiraciones contra los tiranos y se planearon sueños colectivos de democracia y república.
Tu nombre me sabe a yerba, decía Joan Manuel Serrat en una de sus canciones más famosas. El carnaval también nos sabe a lo mismo. En Nueva Orleans le llaman Mardi Gras, la hierba del martes, y aquí en Los Barrios, tu pueblo y el mío como diría Miguel Hernández, el carnaval nos sabe a tagarnina, algo más que un pretexto para que puedan venir a cantarnos sus coplas y sus letras agrupaciones de distintos lugares de la comarca.
El carnaval, como escribió Bartolomé Llompart, es periodismo cantado. Y aquí y en Cádiz, en Córdoba o en Sevilla, en Huelva o en Málaga, el carnaval nos cuenta y nos canta lo que está ocurriendo: esto es, que siempre son los mismos quienes ganan y siempre son los mismos quienes pierden la historia. Que el mundo está mal hecho y habrá que cantarlo y que contarlo para intentar que cambie.
Son tiempos de crisis, dicen las noticias y dicen las coplas. Pero siempre estuvieron en crisis los que nunca estuvieron en la cumbre. Siempre fueron débiles los que nunca tuvieron el poder. De ellos, al menos, es el patrimonio del carnaval. De ellos, al menos, son las tagarninas.