:: Pregoneros ::
Señoras, señores, jóvenes, jubilados, militares sin graduación, gente de buen vivir y mejor beber, nos hemos reunido aquí… Perdón, que se me olvidaban los políticos y a fin de cuentas, esos son los que dan las subvenciones, hola, señores del Ayuntamiento. Pues bien, decía en esta perorata inicial que nos hemos reunido aquí, en este rinconazo de la Villa, por compartir estas magníficas perolas, aderezadas con las expresiones cantadas que reflejan la libertad de un pueblo, y que aunque quede cursi, es la pura realidad y esencia de eso que se hace llamar carnaval.
Y como no hay mal que por bien no venga, el tiempo, o mejor dicho, el mal tiempo, nos ha empujado una semana en la celebración de este evento, para colocarnos de lleno en el ecuador del Carnaval de la Villa, lo que por otra parte, me ha dado más trabajo al tener que modificar la introducción de este ripio al que osadamente me he atrevido en llamar pregón.
Once años han pasado ya desde que a los componentes de la peña “La Tagarnina”, se les ocurriese la sesuda idea de dotar a Los Barrios de un preámbulo carnavalesco en el que además de alimentar el espíritu con las coplas, se llenase el estómago con el potaje. ¡Cuántos barriles de cerveza vaciaron su espumoso contenido desde aquel entonces! ¡Cuantas botellas de vino cayeron desangradas tras sufrir la rotura del collarín protector! ¡Cuántos platos de tagarninas fueron rebañados con ansia al mediodía, con el Lorenzo apretando y las tripas sonando! ¡Cuántos premios de concurso, cajonazos e ilusiones disfrazadas de fantasía desfilaron por los escenarios! Pero sobre todo, ¡qué bien se ha pasado siempre! Así que por lo menos, como las tagarninas y la priva son gratis, vamos a darle un aplauso a la que gente, la buena gente que hace posible todo este invento. Va por vosotros.
Las tagarninas, que según el diccionario son una especie de cardo denominado cardillo que desprovisto de sus pinchos resulta una verdura con bastante uso y de sabor agradable, van ya de la mano de la fiesta, formando una pareja que ni el mejor de los divorcios podrá separar. Pero claro está, las tagarninas no pueden andar huérfanas, necesitan del calor del tocino, del chorizo, de la carne, que aunque no sea de ternera, que nos trae a mal traer, procederá del mejor amigo del hombre, que no es el perro, como algunos se empeñan en demostrar, sino del cochino (con perdón), porque ¿alguien conoce a algún otro bicho que en su grandeza y abnegado sacrificio, nos permita comerle hasta lo más recóndito de su anatomía, incluido el rabo (el que tiene enroscado, no me malinterpreten)? Y seguro que a las vacas, dándoles mimo y un tratamiento con antidepresivos, les vamos a quitar todas las chalauras que dicen que tienen, para que también le den color y sabor a las perolas.
Y además, rebuscando en esa cosa que se hace llamar Internet y que viene a se lo mismo que una vecina cotilla, que se entera de todo lo que pasa con tan solo abrir el visillo de la ventan de la cocina, nos hemos podido enterar que esa cosa que pincha si no se coge con cuidado, que hay que pelaría con mimo aunque te deje las manos más negras que si hubieras tenido que cambiar la rueda del coche, tiene hasta propiedades curativas, que es buena para la limpieza del riñón, pero siempre y cuando que esté acompañada al menos de un litrito de Cruzcampo; que ayuda a crear glóbulos rojos, sobre todo si al comerlas nos clavamos una botella de tinto y que ayuda a conciliar el sueño, especialmente si uno se jama tres platos acompañados de su correspondiente pringá y después se tumba en el sofá, diciéndole a la parienta eso de ¡Mari, despiértame cuando llegue la hora del fútbol!
Y lo bueno que tienen estas tagarninas es que son más de campo que un tractor, que no tienen códigos de barras y que por mucho que la Unión Europea quiera controlar lo divino lo humano, seguirán estando en nuestros montes, a la espera de ser recogidas para mecerse en las perolas al ritmos de pasodobles y cuplés. No habrá en este pueblo verdura más cachonda que las tagarninas, aunque de vez en cuando se pongan serias y les salga la vena religiosa, ya que como decía en el año 1998 el cuarteto de Jerez de la Frontera “El gran debate”, en su primer cuplé del paso por semifinales en aquel año por el concurso del Gran Teatro Falla de Cádiz, con la música del prolífico autor de San Fernando (digo de lo prolífico no porque le haya escrito a todas las modalidades de agrupaciones, sino porque tiene once hijos, que se quedó a las puertas de poder montar una chirigota en casa), Juan Rivero Torrejón “Arguiñano pone perejil hasta en las tartas y tendrán que ponerle a San Pancracio tagarninas…”
En fin, que lo que más importa es que los papelillos y las serpentinas y han llamado a las puerta, que los ensayos dieron pasos a las actuaciones, que ha llegado ya el carnaval y que es la hora de comer, puesto que si esta es la fiesta de las pamplinas, yo ya he dicho bastantes para este año y para los cinco próximos. Y hay que pasárselo bien para quitarnos los problemas de la cabeza, para olvidar que aquí al lado tenemos un cacharro negro y nuclear con el que los hijos de la Gran Bretaña y la madre que los parió nos están dando la grande y no hay quien los baje del burro, pero al final se tendrá que ir. Así que ahora, disfruten con salud, aprovechen las tagarninas y si aprieta el vientre, miren para todos los lados, no vaya a ser que fastidien al que está atrás. Muchas gracias por aguantarme y feliz carnaval.
Ernesto Rodríguez.